Hamlet, Principe de Dinamarca
Hamlet, Principe de Dinamarca HAMLET.—Mira este retrato, y ahora éste; imágenes son de dos hermanos. Ve la gallardÃa de este rostro, los rizos de Hiperión, la frente de Júpiter, los ojos de Marte, que ordenan o amenazan; el porte de Mercurio el mensajero posándose en una montaña sublime. En verdad, una alianza y una forma en que los dioses dejaron su sello para ratificar lo que es un hombre. Él fue tu marido. Mira lo que sigue. Este es tu marido, espiga podrida que infecta a su hermano. ¿Tienes ojos? ¿Dejaste de pastar en tan hermoso monte para cebarte en este páramo? ¿Eh? ¿Tienes ojos? No lo llames amor, pues a tu edad el ardor de la sangre está amansado y se somete al juicio. ¿Y qué juicio llevarÃa de éste a éste? ¿Qué demonio te ha engañado a la gallina ciega? ¡Ah, vergüenza! ¿Y tu rubor? Ardiente infierno, si te inflamas en cuerpo de matrona, en la fogosa juventud la castidad sea como cera y en su fuego se derrita. No hables de impudicia si se enciende la indómita pasión cuando el hielo también arde y la razón sirve al deseo.
REINA.—¡Ah, Hamlet, no sigas! Me vuelves los ojos hacia el fondo de mi alma, y en ella veo manchas negras y profundas que no pueden borrarse.
HAMLET.—No, vivirán en la náusea y el sudor de una cama pringosa, cociéndose en el vicio y la inmundicia entre arrullos y ternezas.
REINA.—¡No sigas hablando! Cual puñales tus palabras me traspasan los oÃdos. ¡Basta, buen Hamlet!