Hamlet, Principe de Dinamarca
Hamlet, Principe de Dinamarca HAMLET.—De ningún modo lo que yo te diga: dejar que el fláccido rey te atraiga a su lecho, te pellizque la cara, te llame paloma y que, por un par de besos inmundos, o sobándote el cuello con sus dedos malditos, consiga que le aclares el enigma: que, en realidad, toda mi locura es fingimiento. EstarÃa bien decÃrselo. ¿PodrÃa una reina gentil, modosa, prudente, ocultarle cuestiones de tal entidad a un sapo, un murciélago, un morrongo? ¿PodrÃa? No: a despecho de juicio y reserva, abre la jaula en el tejado, deja volar a los pájaros y, como el célebre mono, haz la prueba metiéndote en la jaula y estréllate al caer.
REINA.—Si el habla es aliento, y el aliento, vida, te aseguro que vida no tendré para contar lo que has dicho.
HAMLET.—He de ir a Inglaterra. ¿Lo sabÃas?
REINA.—¡Ah, lo habÃa olvidado! Está decidido.
HAMLET.—Éste va a adelantarme el viaje. Le arrastraré el pellejo a la otra estancia. Madre, buenas noches ya. Este dignatario, que en vida fue un torpe y servil palabrero, ahora es un sepulcro callado y secreto. —Vamos, señor, acabemos el asunto. —Buenas noches, madre.
(Sale arrastrando a Polonio.)