Hamlet, Principe de Dinamarca
Hamlet, Principe de Dinamarca HAMLET.—En seguida estaré con vosotros: id un poco por delante. (Se van todos menos Hamlet.) ¡Cómo todas las ocasiones declaran contra mà y espolean mi tardÃa venganza! ¿Qué es un hombre si su principal bien y la adquisición de su tiempo es sólo dormir y comer? Una bestia, nada más. Cierto que quien nos hizo con tan amplio entendimiento para mirar delante y detrás, no nos dio esa capacidad y esa razón divina para que se enmoheciese en nosotros sin usar. Ahora, sea olvido bestial, o algún escrúpulo cobarde de pensar con demasiada exactitud en el suceso —un pensamiento que, partido en cuatro, tiene una parte de sabidurÃa y tres partes de cobardÃa—, no sé por qué sigo vivo para decir: «Esto se ha de hacer», puesto que tengo causa, y voluntad, y fuerza, y medios para hacerlo: me exhortan ejemplos tan grandiosos como la tierra: testigo, este ejército de tal tamaño y coste, conducido por un prÃncipe tierno y delicado, cuyo espÃritu, hinchado por la divina ambición, hace muecas al invisible suceso, exponiendo lo que es mortal e inseguro a todo aquello a que se arriesgan la fortuna, la muerte y el peligro, aun por una cáscara de huevo. Ser grande de veras no es moverse sin gran motivo, sino hallar pelea con grandeza por una paja, cuando está en juego el honor. ¿Cómo quedo entonces yo, si me han matado a un padre e infamado una madre, para excitarme la razón y la sangre, y lo dejo dormir todo, mientras veo, para mi vergüenza, la muerte inminente de veinte mil hombres, que por una fantasÃa y trampa de la fama, van a sus tumbas, como a la cama, luchando por un terreno sobre el cual sus multitudes no pueden poner a prueba su causa, y que no es sepulcro bastante para contenerles y esconder los muertos? ¡Ah, desde ahora, que mis pensamientos sean sanguinarios, o no valgan nada!