Hamlet, Principe de Dinamarca
Hamlet, Principe de Dinamarca REINA.—Sobre un arroyo, inclinado crece un sauce que muestra su pálido verdor en el cristal. Con sus ramas hizo ella coronas caprichosas de ranúnculos, ortigas, margaritas, y orquÃdeas a las que el llano pastor da un nombre grosero y las jóvenes castas llaman «dedos de difunto». Estaba trepando para colgar las guirnaldas en las ramas pendientes, cuando un pérfido mimbre cedió y los aros de flores cayeron con ella al rÃo lloroso. Sus ropas se extendieron, llevándola a flote como una sirena; ella, mientras tanto, cantaba fragmentos de viejas tonadas como ajena a su trance o cual si fuera un ser nacido y dotado para ese elemento. Pero sus vestidos, cargados de agua, no tardaron mucho en arrastrar a la pobre con sus melodÃas a un fango de muerte.
LAERTES.—Ah, asà que está ahogada.
REINA.—Ahogada, ahogada.
LAERTES.—Pobre Ofelia, bastante agua has tenido: me prohibo llorar. Y sin embargo, es humano; se impone la naturaleza, aunque sea vergonzoso. Cuando cese mi llanto, ya no habrá mujer. —Adiós, señor. Tengo palabras de fuego queriendo encenderse, pero este desliz las apaga.
(Sale.)
REY.—Sigámosle, Gertrudis. Mucho me ha costado aplacar su ira, y ahora me temo que vuelve a empezar. Sigámosle.
(Salen.)