Hamlet, Principe de Dinamarca
Hamlet, Principe de Dinamarca HAMLET.—¡Los ángeles del cielo nos protejan! Seas espÃritu del bien o genio maldito, traigas auras celestiales o rachas del infierno, sean tus propósitos malvados o benignos, tu aspecto tanto mueve a preguntar que voy a hablarte. Te llamaré Hamlet, rey, padre, excelso danés. ¡Ah, contesta! No me dejes que estalle en la ignorancia, sino dime por qué tus restos consagrados han roto su mortaja, por qué el sepulcro al que en calma descendiste abre ahora sus pesadas mandÃbulas de mármol para arrojarte de sÃ. ¿Qué puede suceder para que tú, estando muerto, bajo la tenue luna aparezcas otra vez revestido de acero, llenando la noche de espanto, y a nosotros, juguetes de la vida, nos perturbes con pensamientos que rebasan nuestra mente? ¿Por qué? Di. ¿Por qué razón? ¿Qué hemos de hacer?
(El Espectro le hace señas.)
HORACIO.—Os llama para que le sigáis, como si quisiera haceros una confidencia.
MARCELO.—Mirad, con un gesto cortés os llama a un lugar más apartado. ¡No vayáis!
HORACIO.—No, de ningún modo.
HAMLET.—Se niega a hablar. Tengo que seguirle.
HORACIO.—¡Señor, no!
HAMLET.—Pero, ¿a qué viene el miedo? Mi vida no vale para mà ni un alfiler y, en cuanto a mi alma, ¿qué puede él hacerle si es tan inmortal como él mismo? Me vuelve a llamar. Voy a seguirle.