Hamlet
Hamlet LAERTES.— Gracias, señores. Guardad las puertas… Y tú, indigno prÃncipe, dame a mi padre.
GERTRUDIS.— Menos, menos ardor, querido Laertes.
LAERTES.— Si hubiese en mà una gota de sangre con menos ardor, me declararÃa por hijo espurio, infamarÃa de cornudo a mi padre e imprimirÃa sobre la frente limpia y casta de mi madre honestÃsima la nota infame de prostituta.
CLAUDIO.— Pero, Laertes, ¿cuál es el motivo de tan atrevida rebelión?… Déjale, Gertrudis, no le contengas… No temas nada contra mÃ. Existe una fuerza divina que defiende a los reyes. La traición no puede, como quisiera, penetrar hasta ellos y ve malogrados en la ejecución todos sus designios… Dime, Laertes, ¿por qué estás tan airado? Déjale, Gertrudis… Habla tú.
LAERTES.— ¿En dónde está mi padre?
CLAUDIO.— Murió.
GERTRUDIS.— Pero no le ha muerto el rey.
CLAUDIO.— Déjale preguntar cuanto quiera.