Hamlet
Hamlet LAERTES.— ¿Y cómo ha sido su muerte?… ¡Eh!… No, a mà no se me engaña. Váyase al infierno la fidelidad, llévese el más atezado demonio los juramentos de vasallaje, sepúltense la conciencia, la esperanza de salvación, en el abismo más profundo… La condenación eterna no me horroriza, suceda lo que quiera, ni este ni el otro mundo me importan nada… Sólo aspiro, y este es el punto en que insisto, sólo aspiro a dar completa venganza a mi difunto padre.
CLAUDIO.— ¿Y quién te lo puede estorbar?
LAERTES.— Mi voluntad sola y no todo el universo, y en cuanto a los medios de que he de valerme, yo sabré economizarlos de suerte que un pequeño esfuerzo produzca efectos grandes.
CLAUDIO.— Buen Laertes, si deseas saber la verdad acerca de la muerte de tu amado padre, ¿está escrito acaso en tu venganza que hayas de atropellar sin distinción amigos y enemigos, culpados e inocentes?
LAERTES.— No, sólo a mis enemigos.
CLAUDIO.— ¿Querrás, sin duda, conocerlos?
LAERTES.— ¡Oh! A mis buenos amigos yo los recibiré con abiertos brazos, y semejante al pelÃcano amoroso, los alimentaré, si necesario fuese, con mi sangre misma.