Hamlet
Hamlet HAMLET.— Pues sabrás, amigo, que agitado continuamente mi corazón en una especie de combate, no me permitÃa conciliar el sueño, y en tal situación me juzgaba más infeliz que el delincuente cargado de prisiones. Una temeridad… Bien que debo dar gracias a esta temeridad, pues por ella existo… SÃ, confesemos que tal vez nuestra indiscreción suele sernos útil, al paso que los planes concertados con la mayor sagacidad se malogran: prueba certÃsima de que la mano de Dios conduce a su fin todas nuestras acciones, por más que el hombre las ordene sin inteligencia.
HORACIO.— Asà es la verdad.
HAMLET.— Salgo, pues, de mi camarote, mal rebujado con un vestido de marinero, y a tientas, favorecido de la oscuridad, llego hasta donde ellos estaban. Logro mi deseo: me apodero de sus papeles, y me vuelvo a mi cuarto. AllÃ, olvidando mis recelos toda consideración, tuve la osadÃa de abrir sus despachos, y en ellos encuentro, amigo, una alevosÃa del rey. Una orden precisa, apoyada en varias razones, de ser importante a la tranquilidad de Dinamarca, y aun a la de Inglaterra, y… ¡oh!, mil temores y anuncios de mal si me dejan vivo… En fin, decÃa: que luego que fuese leÃda, sin dilación, ni aun para afinar a la segur el filo, me cortasen la cabeza.
HORACIO.— ¡Es posible!