Hamlet
Hamlet LA SOMBRA.— SÃ, aquel incestuoso, aquel monstruo adúltero, valiéndose de su talento diabólico, valiéndose de traidoras dádivas… ¡Oh! ¡Talento y dádivas malditas que tal poder tenéis para seducir!… Supo inclinar a su deshonesto apetito la voluntad de la reina mi esposa, que yo creÃa tan llena de virtud. ¡Oh! ¡Hamlet! ¡Cuán grande fue su caÃda! Yo, cuyo amor para con ella fue tan puro… Yo, siempre tan fiel a los solemnes juramentos que en nuestro desposorio le hice, yo fui aborrecido y se rindió a aquel miserable, cuyas prendas eran en verdad harto inferiores a las mÃas. Pero, asà como la virtud será incorruptible aunque la disolución procure excitarla bajo divina forma, asà la incontinencia aunque viviese unida a un ángel radiante, profanará con oprobio su tálamo celeste… Pero ya me parece que percibo el ambiente de la mañana. Debo ser breve. DormÃa yo una tarde en mi jardÃn según lo acostumbraba siempre. Tu tÃo me sorprende en aquella hora de quietud, y trayendo consigo una ampolla de licor venenoso, derrama en mi oÃdo su ponzoñosa destilación, la cual, de tal manera es contraria a la sangre del hombre, que, semejante en la sutileza al mercurio, se dilata por todas las entradas y conductos del cuerpo, y con súbita fuerza lo ocupa, cuajando la más pura y robusta sangre, como la leche con las gotas ácidas. Este efecto produjo inmediatamente en mÃ, y el cutis hinchado comenzó a despegarse a trechos con una especie de lepra, en ásperas y asquerosas costras. Asà fue que estando durmiendo, perdà a manos de mi hermano mismo mi corona, mi esposa y mi vida a un tiempo. Perdà la vida, cuando mi pecado estaba en todo su vigor, sin hallarme dispuesto para aquel trance, sin haber recibido el pan eucarÃstico, sin haber sonado el clamor de agonÃa, sin lugar al reconocimiento de tanta culpa: presentado al tribunal eterno con todas mis imperfecciones sobre mi cabeza. ¡Oh! ¡Maldad horrible, horrible!… Si oyes la voz de la naturaleza, no sufras, no, que el tálamo real de Dinamarca sea el lecho de la lujuria y abominable incesto. Pero, de cualquier modo que dirijas la acción, no manches con delito el alma, previniendo ofensas a tu madre. Abandona este cuidado al cielo; deja que aquellas agudas puntas que tiene fijas en su pecho la hieran y atormenten. Adiós. Ya la luciérnaga amortiguando su aparente fuego nos anuncia la proximidad del dÃa. Adiós. Adiós. Acuérdate de mÃ.