Hamlet
Hamlet OFELIA.— Me asió una mano, y me la apretó fuertemente. Apartose después a la distancia de su brazo, y poniendo asà la otra mano sobre su frente, fijó la vista en mi rostro recorriéndolo con atención como si hubiese de retratarlo. De este modo permaneció largo rato; hasta que por último, sacudiéndome ligeramente el brazo y moviendo tres veces la cabeza abajo y arriba, exhaló un suspiro tan profundo y triste que pareció deshacérsele en pedazos el cuerpo y dar fin a su vida. Hecho esto, me dejó y, levantada la cabeza, comenzó a andar, sin valerse de los ojos para hallar el camino; salió de la puerta sin verla, y al pasar por ella, fijó la vista en mÃ.
POLONIO.— Ven conmigo, quiero ver al rey. Ese es un verdadero éxtasis de amor que, siempre fatal a sà mismo, en su exceso violento, inclina la voluntad a empresas temerarias, más que ninguna otra pasión de cuantas debajo del cielo combaten nuestra naturaleza. Mucho siento este accidente. Pero, dime, ¿le has tratado con dureza en estos últimos dÃas?
OFELIA.— No señor; sólo en cumplimiento de lo que mandasteis le he devuelto sus cartas y me he negado a sus visitas.