Hamlet
Hamlet CLAUDIO.— Bienvenido, Guillermo, y tú también, querido Ricardo. Además de lo mucho que se me dilataba el veros, la necesidad que tengo de vosotros me ha determinado a solicitar vuestra venida. Algo habéis oÃdo ya de la transformación de Hamlet. Asà puedo llamarla, puesto que ni en lo interior ni en lo exterior se parece nada al que antes era; ni llego a imaginar que otra causa haya podido privarle asà de la razón, si ya no es la muerte de su padre. Yo os ruego a entrambos, pues desde la primera infancia os habéis criado con él y existe entre vosotros aquella intimidad nacida de la igualdad en los años y en el genio, que tengáis a bien deteneros en mi corte algunos dÃas. Acaso el trato vuestro restablecerá su alegrÃa, y aprovechando las ocasiones que se presenten, ved cuál sea la ignorada aflicción que asà le consume, para que, descubriéndola, procuremos su alivio.
GERTRUDIS.— Él ha hablado mucho de vosotros, mis buenos señores, y estoy segura de que no se hallaran otros dos sujetos a quienes él profese mayor cariño. Si tanta fuese vuestra bondad que gustéis de pasar con nosotros algún tiempo para contribuir al logro de mi esperanza, vuestra asistencia será remunerada, como corresponde al agradecimiento de un rey.
RICARDO.— Vuestras Majestades tienen soberana autoridad en nosotros, y en vez de rogar deben mandarnos.