Hamlet
Hamlet POLONIO.— Y me complazco en probaros que lo soy. Pero ¿qué hubierais pensado de mí, si cuando he visto que tomaba vuelo este ardiente amor…? Porque os puedo asegurar que aun antes que mi hija me hablase, ya lo había yo advertido… ¿Qué hubiera pensado de mí Vuestra Majestad y la reina que está presente, si hubiera tolerado este galanteo? ¿Si, haciéndome violencia a mí propio, hubiera permanecido silencioso y mudo, mirándolo con indiferencia? ¿Qué hubierais pensado de mí? No, señor; yo he ido en derechura al asunto, y le dije a la niña ni más ni menos: Hija, el señor Hamlet es un príncipe muy superior a tu esfera… Esto no debe pasar adelante. Y después, le mandé que se encerrase en su estancia sin admitir recados, ni recibir presentes. Ella ha sabido aprovecharse de mis preceptos, y el príncipe… (para abreviar la historia), al verse desdeñado, comenzó a padecer melancolías, después inapetencia, después vigilias, después debilidad, después aturdimiento y después (por una graduación natural) la locura que le saca fuera de sí y que todos nosotros lloramos.

CLAUDIO.— ¿Creéis, señora, que esto haya pasado así?
GERTRUDIS.— Me parece bastante probable.
POLONIO.— ¿Ha sucedido alguna vez…, tendría gusto de saberlo…? ¿Que yo haya dicho positivamente: esto hay, y que haya resultado lo contrario?