Hamlet

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HAMLET.— Y yo os voy a decir el motivo; así me anticiparé a vuestra propia confesión sin que la fidelidad que debéis al rey y a la reina quede por vosotros ofendida. Yo he perdido de poco tiempo a esta parte, sin saber la causa, toda mi alegría, olvidando mis ordinarias ocupaciones, y este accidente ha sido tan funesto a mi salud que la tierra, esa divina máquina, me parece un promontorio estéril; ese dosel magnífico de los cielos, ese hermoso firmamento que veis sobre nosotros, esa techumbre majestuosa sembrada de doradas luces, no otra cosa me parece que una desagradable y pestífera multitud de vapores. ¡Qué admirable fábrica es la del hombre! ¡Qué noble su razón! ¡Qué infinitas sus facultades! ¡Qué expresivo y maravilloso en su forma y sus movimientos! ¡Qué semejante a un ángel en sus acciones! Y en su espíritu, ¡qué semejante a Dios! Él es sin duda lo más hermoso de la tierra, el más perfecto de todos los animales. Pues, no obstante, ¿qué juzgáis que es en mi estimación ese purificado polvo? El hombre no me deleita… ni menos la mujer… bien que ya veo en vuestra sonrisa que aprobáis mi opinión.

RICARDO.— En verdad, señor, que no habéis acertado mis ideas.

HAMLET.— Pues ¿por qué te reías cuando dije que no me deleita el hombre?


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