La fierecilla domada
La fierecilla domada Señor, la librea de Nataniel no estaba completamente acabada y los escarpines de Gabriel estaban, por el contrario, perfectamente acabados por los tacones. No había negro de humo para dar una mano al sombrero de Pedro, y la daga de Gontrán aún no se la había enviado el fabricante de vainas. Es decir, ninguno estaba listo a excepción de Adán, Raúl y Gregorio. Los demás estaban, por decirlo así, hechos jirones. Más usados en sus trajes, que mendigos. No obstante, tal cual estaban han venido a vuestro encuentro.
PETRUCHIO:
¡Largo, bribones! ¡Id a buscar la cena! (Los criados salen. Petruchio canta.)
¡Qué fue de la vida que yo llevaba…!
¿Dónde están…?
(Fijándose en Catalina.) Pero siéntate y sé la bienvenida, Lina…
A comer, a comer, ¡a comer! (Entran los criados trayendo la Cena.)
¿Qué? ¿Llega la cena, al fin? Ea, mi buena, mi dulce Lina, anímate. Pero ¿qué hacéis que no me quitáis las botas, canallas? ¡Vivos!
(Canta.)
«En otro tiempo, un fraile gris siempre que iba de viaje…»