La fierecilla domada
La fierecilla domada PETRUCHIO:
¡Es un hijo de zorra!, ¡una cabeza de leño!, ¡un orejas de asno! Ea, Lina, ven a sentarte, que sé que tienes mucha hambre. ¿Quieres decir el Pater Noster, mi querida Lina, o lo digo yo? Pero ¿qué es esto?, ¿carnero?
PRIMER CRIADO:
Sí, mi amo.
PETRUCHIO:
¿Quién lo ha traído?
PRIMER CRIADO:
Yo.
PETRUCHIO:
¡Pero si está todo quemado! ¡Toda la carne está quemada! ¡Perros del demonio, qué sois! ¿Dónde está ese maldito cocinero? ¿Cómo habéis tenido la audacia de traer una carne semejante y de servírmela en este estado, sabiendo de qué modo la detesto así? ¡Quitadme de delante todo eso!
¡Platos, vasos, todo! (Les tira la cena a la cabeza.) ¡Idiotas! ¡Imbéciles!
¡Animales! ¡Malenseñados! ¿Cómo? ¿Y aún refunfuñáis? ¡Dentro de un instante me las entenderé con vosotros! (Echa a todos de la sala menos a Curtis.)
CATALINA:
Por favor, esposo, no os atormentéis así. En cuanto a la carne, en su punto estaba, podéis creerme.