La tempestad
La tempestad Entre las muchas curiosidades de La tempestad, algunas de ellas señaladas en las notas que acompañaban a esta versión, son interesantísimas unas frases tomadas de los Essais de Montaigne. La aparición de los célebres Discursos revolucionó la literatura europea. En España los conoció primeramente —como tantas y tantas maravillas— el gran don Francisco de Quevedo, que los citó, comentó y parafraseó en dos de sus mejores obras, en el Epicteto y Focilides en español (en la parte final dedicada a la Defensa de Epicuro) y en la Vida de Marco Bruto. Traducidos al alemán y al italiano (más tarde lo fueron al español por Feijoo), imponíase el traslado inglés. En la corte de Ana de Dinamarca, esposa de Jacobo I, vivía en calidad de gentilhombre ordinario de la cámara, Giovanni Florio, un librepensador cultísimo, posesor de cuatro idiomas, que escribía con facilidad el inglés. Él tradujo los Ensayos, entre otras obras literarias. Parece que hubo cierta enemistad entre Florio y Shakespeare y que éste lo ridiculizó en el tipo de «Holofernes» de Love’s, labour’s, lost, a pesar de que el italiano fue preceptor del joven Enrique Whriothesly, íntimo de nuestro dramaturgo. Pero Shakespeare devoró la versión de los Essais, hizo del volumen su libro de cabecera, que hoy puede verse en el Museo Británico con la fecha trazada de su puño (1603), su firma William Shakespeare y sus notas. Y no sólo él, sino también Ben Jonson. Desde que nuestro poeta lee a Montaigne (que, según Quevedo, quien por verle dejare de leer a Séneca y a Plutarco, leerá a Plutarco y a Séneca), una transformación profunda se opera en él. Los pensamientos son más hondos, la filosofía más elevada. En infinitos pasajes del príncipe de los dramaturgos se ve entre líneas disimulado al ensayista francés…
