La tragedia de Ricardo III
La tragedia de Ricardo III GLOUCESTER: Estoy indeciso si conviene más a mi linaje y a vuestra condición el retirarme en silencio o contestaros con amargos reproches. Si no os respondo, tal vez imaginéis que mi lengua, atada por la ambición, consiente, por su silencio, a este yugo dorado de la soberanÃa que bondadosamente queréis imponerme aquÃ. Si, de otro lado, repruebo los ofrecimientos que me hacéis, inspirados en vuestro sincero afecto hacia mÃ, entonces ofendo a mis amigos. Por tanto para hablar evitando lo primero y después, al hablar, no incurrir en lo último, he aquà definitivamente mi respuesta. Vuestra adhesión merece mi gratitud, pero mis méritos sin valor no se hallan a la altura de vuestros requerimientos. Primeramente, aún cuando todos los obstáculos se allanasen y se desembarazara el camino de la corona como una sucesión abierta, y por los derechos de mi nacimiento, tal es la pobreza de mi talento y tan grandes y numerosas mis faltas, que valdrÃa más sustraerme a mi grandeza, débil barca como soy para afrontar el mar bravÃo, antes que exponerme a verme caer de mi altura y ahogarme en los vapores de mi gloria. Pero, gracias a Dios, no me necesitáis, y yo me siento insuficiente para venir en ayuda vuestra. El árbol real nos ha dejado un fruto real que, madurado por las rápidas horas del tiempo, será bien venido a la sede de la soberanÃa, y, sin duda, os hará dichosos con su reinado. Le cedo el paso con que querÃais abrumarme y que le pertenece por derecho de su fortuna y feliz estrella. ¡No permita Dios que yo lo usurpe!