La tragedia de Ricardo III
La tragedia de Ricardo III BUCKINGHAM: Milord, todo eso arguye conciencia en Vuestra Gracia; pero las consideraciones en que apoyáis vuestra argumentación son fútiles y triviales, atendidas bien las circunstancias. Decís que Eduardo es el hijo de vuestro hermano. Así creemos también nosotros; pero no de su legítima esposa, pues él se casó primeramente con lady Lucy[83] (y vuestra madre, que vive, puede servirme de testimonio); después se comprometió por poderes[84] con Bona, hermana del rey de Francia. Descontadas estas dos mujeres, se presentó una pobre solicitante, una madre devorada por preocupaciones de una numerosa familia; una viuda que, en el ocaso de sus mejores días, supo conquistar el sentimiento lascivo del rey, rebajando la meta y altura de sus pensamientos a una baja degradación y a una inmunda bigamia[85]. De ella, y en un lecho ilegítimo, nació este Eduardo, a quien, por cortesía, llamamos príncipe. Más amargamente podría extenderme si, retenido por la consideración que debo a cierta persona que vive, no impusiera a mi lengua un prudente límite. Así, pues, buen milord, tomad para vuestra real persona el beneficio de esta dignidad que se os ofrece, si no para hacernos dichosos, y con nosotros a nuestra patria, para evitar, al menos, a vuestra noble estirpe la corrupción de los abusos de la época y devolverle su curso legítimo y directo.
CORREGIDOR: ¡Aceptad, buen milord; os lo ruegan vuestros ciudadanos!