La tragedia de Ricardo III
La tragedia de Ricardo III BUCKINGHAM: ¡No rehuséis, poderoso señor, este ofrecimiento de cariño!
CATESBY: ¡Oh! Hacedlos dichosos accediendo a sus justas solicitaciones.
GLOUCESTER: ¡Ay! ¿Por qué deseáis abrumarme con estos cuidados? No sirvo para el mando y la majestad. Os lo suplico, no lo toméis a desaire. No puedo, no quiero escucharos.
BUCKINGHAM: Si lo rehusáis…, si el afecto y la abnegación os repugnan desposeer a un niño, hijo de vuestro hermano (pues conocemos bien la ternura de vuestro corazón y esta piedad dulce y femenil que siempre hemos podido comprobar viéndoos practicarla con vuestra familia, y que se extiende igualmente a toda clase de hombres), sabed que, aceptéis o no nuestros ofrecimientos, jamás el hijo de vuestro hermano reinará sobre nosotros como rey, sino que colocaremos a otro cualquiera en el trono, para desgracia y ruina de vuestra casa. Y en esta resolución nos despedimos de vos… ¡Vamos ciudadanos, no solicitemos más!
Salen BUCKINGHAM y Ciudadanos.
CATESBY: Volvedlos a llamar, querido prÃncipe; aceptad su demanda. Si la rechazáis, el paÃs será el perjudicado.