La tragedia de Ricardo III
La tragedia de Ricardo III DUQUESA: ¡Oh esposa de Enrique!… ¡No triunfes de mis males! ¡Pongo a Dios de testigo que he llorado los tuyos!
REINA MARGARITA: ¡Perdóname! ¡Estoy sedienta de venganza, y no me sacio de contemplarla! ¡Tu Eduardo, que mató a mi Eduardo, ha muerto! ¡El otro Eduardo muerto compensa a mi Eduardo! ¡El joven York no sirve sino de apoyo a mi venganza, pues los otros dos no podÃan juntos igualar en perfección el exceso de mi pérdida!… ¡Tu Clarence, que apuñaló a mi Eduardo, ha muerto, y con él los espectadores de aquella escena trágica, El adúltero Hastings, Rivers, Vaughan y Grey, todos prematuramente estrangulados, en sus tenebrosas tumbas! ¡Ricardo todavÃa vive, negro espÃa del infierno, reservado como solo agente para el tráfico de las almas que le envÃa; pero al alcance, al alcance se halla también su lastimoso fin, que nadie deplorará! ¡Abre la tierra sus fauces, hierve el infierno, rugen los demonios, oran los santos porque desaparezca precipitadamente de aquÃ! ¡Cancela, querido Dios, te ruego, el compromiso de su vida, para que viva yo lo suficiente y pueda exclamar! ¡Ha muerto el perro!
REINA ISABEL: ¡Oh! ¡Tú profetizaste que llegarÃa un tiempo en que implorarÃa tu auxilio para maldecir a esa ventruda araña, a ese deforme lagarto!