La tragedia de Ricardo III

La tragedia de Ricardo III

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REINA ISABEL: ¿Cómo podrías enamorarla?

REY RICARDO: Eso es lo que desearía aprender de vos como quien mejor conoce su carácter.

REINA ISABEL: ¿Y quisieras aprenderlo de mí?

REY RICARDO: Con todo mi corazón, señora.

REINA ISABEL: Envíale, por medio del hombre que asesinó a sus hermanos, dos corazones ensangrentados, donde hayas grabado los nombres de Eduardo y de York. Entonces quizá llore. Si es así, enséñale un pañuelo empapado en la sangre de Rutland, como el que Margarita presentó a tu padre en parecida ocasión. Le dirás que ese pañuelo recogió la savia purpúrea del cuerpo de su hermano querido, y le aconsejarás enjugue con él sus lágrimas. Si esta inducción no la mueve a amarte, resume en una carta tus nobles acciones y envíasela. Dile que fuiste tú quien hizo perecer a sus tíos Clarence y Rivers, sí, y puedes añadir que por interés hacia ella te has deshecho inmediatamente de su buena tía Ana.

REY RICARDO: Os mofáis de mí, señora. Ese no es el medio de conseguir vuestra hija.

REINA ISABEL: No hay otro, a no ser que logres transformarte hasta el punto de no ser ya el Ricardo que cometió todo eso.

REY RICARDO: Y ¿si le decís que lo hice por amor a ella?


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