La tragedia de Ricardo III
La tragedia de Ricardo III ¿Se ha hecho nunca de este modo el amor a una mujer? ¿Se ha ganado nunca de este modo el amor de una mujer? ¡Lo obtendré, pero no he de guardarla mucho tiempo! ¡Cómo! ¡Yo, que he matado a su esposo y a su padre, logro cogerla en momento del odio más implacable de su corazón, con maldiciones en su boca, lágrimas en sus ojos y en presencia del objeto sangriento de su venganza, teniendo a Dios y a su conciencia y a ese ataúd contra mí! ¡Y yo, sin amigos que amparen mi causa, a no ser el diablo en persona y algunas miradas de soslayo! ¡Y aún la conquisto! ¡El universo contra la nada! ¡Cómo! ¿Ha olvidado ya ese bravo príncipe Eduardo, su señor, a quien yo, no hará tres meses[22], apuñalé furiosamente en Tewksbury? ¡El más afable y apuesto caballero que pueda ofrecer jamás el espacioso mundo, moldeado por una Naturaleza dispuesta a la prodigalidad, joven, valeroso, prudente y digno, a no dudar, de la realeza! ¿Y todavía consiente ella en fijar en mí sus ojos, que he segado la dorada primavera de este dulce príncipe y reducido a su viuda a un lecho de soledad? ¿En mí, cuyo todo no iguala la mitad de Eduardo? ¿En mí, cojo y tan deforme? ¡Mi ducado contra el céntimo de un mendigo que hasta ahora me he equivocado al juzgar mi persona! ¡Por mi vida que, aunque yo no he podido lograrlo, ella me encuentra maravillosamente hermoso! ¡Voy a encargarme un espejo y a dar trabajo a una docena o dos de sastres, para estudiar las modas que han de adornar mi cuerpo! ¡Puesto que entrado en suerte conmigo mismo, mantengámosla con algún pequeño gasto! Pero primeramente acompañemos al camarada a su tumba, y después vayamos a llorarle ante mi amor. ¡Brilla, sol bello, hasta que compre espejo que pueda ver mi sombra a tu reflejo!