La tragedia de Ricardo III
La tragedia de Ricardo III GLOUCESTER: ¡A ti, que careces de gracia y honradez! ¿Cuándo te he injuriado? ¿Cuándo te he ofendido?… ¿O a ti…, o a ti…, o alguno de nuestro partido? ¡Mala peste a todos vosotros! Su Real Gracia (¡a quien Dios guarde más de lo que quisierais!), no puede respirar tranquilo un momento sin que sea turbado por vuestras infames delaciones.
REINA ISABEL: ¡Hermano Gloucester, no tenéis razón! El rey, de su propia y real voluntad, y sin querer ser excitado por nadie, adivinando quizás el odio que alimentáis en vuestro interior, retratado en vuestras acciones exteriores contra mis hijos, hermano[30] y mi propia persona, os manda llamar a fin de conocer los motivos de vuestra malquerencia y ponerles término.
GLOUCESTER: ¡No puedo hablar!… ¡El mundo es ya tan perverso que los reyezuelos se atreven a picotear donde no alcanzarÃan las águilas! Desde que los Jaques se han convertido en hidalgos, no es mucho que los hidalgos se hayan convertido en Jaques.
REINA ISABEL: ¡Ya, ya conocemos vuestra indirecta, hermano Gloucester! ¡Envidiáis mi elevación y la de mis amigos! ¡Dios quiera que no os necesitemos nunca!