La tragedia de Ricardo III
La tragedia de Ricardo III CLARENCE: ¡Oh Brakenbury! ¡Todas estas cosas, que ahora deponen contra mi alma, las realicé por Eduardo! ¡Y ved cómo me recompensa! ¡Oh Dios! ¡Si mis hondas plegarias no consiguen aplacarte, sino que pretendes quedar vengado de mis culpas, ejecuta en mà solo tu furor! ¡Perdona a mi inocente mujer[45] y a mis pobres hijos!… ¡Te ruego, querido guardián, que no te separes de mÃ! ¡Mi alma está apesarada, y quisiera dormir tranquilo!
CARCELERO: Lo haré, milord. ¡Dios conceda a Vuestra Gracia un apacible descanso!…(CLARENCE se queda dormido).
Entra BRAKENBURY.
BRAKENBURY: ¡Los pesares alteran el tiempo y las horas de reposo!… ¡De la mañana hacen noche, y de la noche mediodÃa! La gloria de los prÃncipes se reduce a sus tÃtulos, honores internos para exteriores penas, y por una felicidad imaginaria crean a veces un mundo de inquietantes cuidados. ¡Y asÃ, entre sus tÃtulos y un nombre humilde no hay otra diferencia que la fama exterior!
Entran los dos Asesinos.
ASESINO PRIMERO: ¡Hola! ¿Quién va?
BRAKENBURY: ¿Qué quieres camarada? Y ¿cómo has venido aqu�
ASESINO PRIMERO: ¡Quiero hablar con Clarence, y he venido con mis piernas!