La tragedia de Ricardo III
La tragedia de Ricardo III GLOUCESTER: Labor bendita, mi soberano señor… Si hay alguno en esta noble asamblea que por un falso informe o sospecha injusta me crea su enemigo; si involuntariamente o en un momento de arrebato he cometido alguna acción que ofenda a los aquí presentes deseo reconciliarme a su amistad. ¡El ser enemigo es para mí la muerte! Odio esto, y deseo el amor de todos los hombres de bien. Comienzo por Vos, señora, y os pido una paz sincera, que pagaré con mi perpetuo servicio. A vos también mi noble primo Buckingham[50], si ha podido existir entre nosotros alguna disensión. A vos y a vos, lord Rivers y de Dorset…, que, sin razón, me habéis fruncido el ceño… A vos, lord Woodeville, y a vos, lord Scales…, duquesa, condes, lores caballeros; a todos de veras: no conozco inglés viviente con quien tenga en mi alma una jota más de lucha que por el niño que nazca esta noche. ¡Doy gracias a Dios por mi humildad!
REINA ISABEL: De hoy en adelante, este día será consagrado como de fiesta. Quiera Dios que desaparezcan todas nuestras discordias. Mi soberano señor, suplico a Vuestra Majestad que otorgue su gracia a nuestro hermano Clarence.
GLOUCESTER: ¡Cómo, señora! ¿Os he brindado amor para esto, para ser escarnecido en presencia del rey? ¿Quién no sabe que el pobre duque ha muerto?(Todos se quedan estupefactos). ¡Le injuriáis insultando su cadáver!