La tragedia de Ricardo III

La tragedia de Ricardo III

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REINA ISABEL: ¡La representación de un acto de violencia trágica!… ¡Eduardo, mi señor, tu hijo, nuestro rey, ha muerto! ¿Por qué crecen las ramas, si se ha arrancado la raíz? ¿Por qué no se secan las hojas al faltarles la savia? ¡Si queréis vivir, llorad! ¡Si morir, daos prisa! ¡Que puedan nuestras almas, en su rápido vuelo, alcanzar la del rey, o, como obedientes súbditos, seguirle a su nuevo reino, mansión de eterna noche!

DUQUESA: ¡Ah! ¡Tanta parte tomo en tu dolor como derecho tenía sobre tu noble marido! ¡He llorado la muerte de mi digno esposo y he vivido contemplándome en sus imágenes! ¡Pero ahora la muerte cruel ha roto en pedazos los dos espejos[53] que reflejaban su augusta fisonomía, y no me queda para consuelo más que un falso cristal que me aflige cuando miro en él mi oprobio[54]! Eres viuda, pero todavía eres madre, y te queda el consuelo de tus hijos; mientras que la muerte que arrancó de mis brazos a mi esposo, llevose también de mis débiles manos los dos apoyos que me sostenían, Clarence y Eduardo. ¡Oh! Pues que tu pérdida no es sino la mitad de la mía, ¡tengo razón para dominar tus lamentos y ahogar tus gritos!…

HIJO: ¡Ah tía! ¡No llorasteis por la muerte de nuestro padre! ¡Cómo podemos ayudaros con nuestras tiernas lágrimas!


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