La tragedia de Ricardo III

La tragedia de Ricardo III

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GLOUCESTER: ¡Consolaos, hermana! Todos estamos sujetos a llorar el eclipse de nuestra brillante estrella; pero ninguno puede curar con lágrimas sus males… Señora, madre mía, os pido perdón; no había reparado en Vuestra Gracia. Humildemente solicito de rodillas vuestra bendición.

DUQUESA: Dios te bendiga e infunda en tu pecho amor, caridad, obediencia y franca fidelidad.

GLOUCESTER: ¡Amén!(Aparte.) Y que me haga morir hecho un buen viejo[56]. Este es el final de toda bendición materna. ¡Me extraña que Su Gracia lo haya olvidado!

BUCKINGHAM: Príncipes en duelo, y vosotros, contristados pares, que compartís el peso de este dolor común; apoyaos ahora en una amistad recíproca. Hemos perdido, es cierto, la cosecha que nos ofreció este rey. Pero nos resta la esperanza de las que nos promete su hijo. La úlcera inflamada de vuestros profundos odios, recientemente restañada, cosida y junta, debe preservarse con cuidado, atenderse y tratar. Me parece oportuno que se enviara a buscar con un reducido séquito al joven príncipe, que está en Ludlow[57], para conducirlo a Londres y coronarlo rey.

RIVERS: ¿Por qué un reducido séquito, milord de Buckingham?


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