La tragedia de Ricardo III

La tragedia de Ricardo III

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BUCKINGHAM: Pues, milord, de miedo no sea que, mezclada mucha gente, la herida del rencor, recién cicatrizada, pueda abrirse; lo que sería mucho más peligroso ahora que el reino se halla en estado de infancia y aún sin gobernar. En donde todos los caballos son dueños del freno que los contiene y pueden emprender su carrera como les plazca, se debe, en mi opinión, evitar el peligro del mal, tanto como el mal mismo.

GLOUCESTER: Espero que el rey nos habrá puesto en paz a todos, y el pacto es firme y sincero en mí.

RIVERS: E igual en mí, y creo que en todos. Sin embargo, como quiera que el lazo de nuestra amistad es tan frágil aún, no debemos exponerlo a la ruptura, lo que evidentemente sucedería de ser numeroso el cortejo. Por tanto, pienso, con el noble Buckingham, que es prudente no enviar sino una reducida escolta para recoger al príncipe.

HASTINGS: Y lo mismo pienso yo.

GLOUCESTER: Entonces, sea así, y vamos a decidir quiénes hayan de marchar inmediatamente a Ludlow. Señora, y vos, hermana mía, ¿queréis venir a darnos vuestras instrucciones en este importante asunto?

REINA ISABEL y DUQUESA: De todo corazón.

Salen todos, menos BUCKINGHAM y GLOUCESTER.


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