La tragedia de Ricardo III
La tragedia de Ricardo III Londres. Una calle.
Toques de clarín. Entran el PRÍNCIPE DE GALES, GLOUCESTER, BUCKINGHAM, el CARDENAL BOUCHIER y otros.
BUCKINGHAM: ¡Bienvenido, amable príncipe, a Londres, vuestra cámara real!
GLOUCESTER: ¡Bien llegado, querido sobrino, soberano de mis pensamientos! La fatiga del viaje os ha puesto melancólico.
PRÍNCIPE: No, tío, sino que las contrariedades del viaje me han entristecido, enojado y cansado. Quisiera ver aquí más tíos que me recibieran.
GLOUCESTER: Tierno príncipe, la inocente pureza de vuestros años no ha penetrado todavía en los engaños del mundo. No podéis juzgar al hombre sino por su apariencia, que, bien lo sabe Dios, rara vez o nunca está de acuerdo con el corazón. Esos tíos que echáis de menos eran peligrosos. Vuestra gracia se dejaba coger en la miel de sus palabras; pero no recibía el veneno de sus corazones. ¡Dios os libre de ellos y de tan falsos amigos!
PRÍNCIPE: ¡Dios me guarde de falsos amigos! Pero ellos no lo eran.
GLOUCESTER: Milord, el corregidor de Londres se dirige a saludaros.
Entran el LORD CORREGIDOR y su séquito.
CORREGIDOR: ¡Dios bendiga a Vuestra Gracia, otorgándole salud y días venturosos!
