La tragedia de Ricardo III
La tragedia de Ricardo III HASTINGS: Milord de Buckingham, si mi pobre elocuencia puede obtener de su madre al duque de York, esperadle aquí un momento; pero si se obstina en resistirse a mis amorosas instancias ¡el Dios del Cielo no permita que nosotros violemos jamás el santo privilegio del bendito santuario! ¡Ni por toda la tierra me haría culpable de tan enorme pecado!
BUCKINGHAM: Sois, milord, de una irrazonable obstinación, excesivamente ceremonioso y muy apegado a las tradiciones. Considerando la cosa no sino con la grosera moral de este siglo, no profanáis el santuario al apoderaros del duque de York. El beneficio de asilo solamente se concede a quienes por sus acciones lo hagan imprescindible y a los que tienen juicio suficiente para reclamarlo. El príncipe no tiene por qué reclamarlo ni necesitar de él; y, además, en mi opinión, no puede obtenerlo. Por consiguiente, haciéndole salir de donde no debe estar, no quebrantáis cédula ni privilegio. He oído hablar con frecuencia de santuarios para los hombres; pero nunca, hasta ahora, de santuario para los niños.
CARDENAL: Por esta vez, milord, me habéis convencido. Vamos; lord Hastings, ¿queréis acompañarme?
HASTINGS: ¡Os sigo, milord!
PRÍNCIPE: ¡Queridos lores, sed lo más diligentes que podáis!
Salen el CARDENAL y HASTINGS.