Las alegres comadres de Windsor
Las alegres comadres de Windsor Sra. PAGE.—Pues vaya enhoramala el escrúpulo y echad mano de ese honor. Bagatelas a un lado. ¿Qué cosa es?
Sra. FORD.—PodrÃa entrar en la orden de la caballerÃa, con sólo consentir en irme a los infiernos por una eternidad, o una friolera semejante.
Sra. PAGE.—¡Cómo! ¡Tú mientes! ¡Sir Alicia Ford! Estos caballeros son todos unos benditos y asà no deberÃas alterar la condición de tu alcurnia.
Sra. FORD.—Perdemos lastimosamente el dÃa. Leed esto, leed y contemplad el modo como puedo alcanzar la orden de caballerÃa. Mientras me venga a las mientes el observar la diferencia en los gustos de los hombres, pensaré lo peor acerca de los gordos. Sin embargo, él no habrÃa dicho un juramento por nada del mundo: ensalzaba la modestia de las mujeres, y era tan ordenado y circunspecto en su reprobación de todas las inconveniencias, que yo habrÃa jurado a favor de la entera consonancia entre sus sentimientos y sus palabras. Pero la verdad es que unos y otras no concuerdan mejor que el miserere de los salmos con la tonada de «las mangas verdes». ¿Qué borrasca hizo que esta ballena con cien toneladas de aceite en la barriga, viniese a varar en Windsor? ¿Cómo me vengaré de él? Se me ocurre que lo mejor serÃa entretenerle con esperanzas, hasta que el diabólico fuego de la lujuria le hiciera derretirse en su propia grasa. ¿Quién ha oÃdo jamás cosa semejante?