Las alegres comadres de Windsor
Las alegres comadres de Windsor Sra. PAGE.—Carta por carta; pero los nombres, Page y Ford, son diferentes. He aquÃ, para consuelo tuyo en este misterio de malos pensamientos, la hermana gemela de tu carta; pero que la tuya sea la primer nacida y la natural heredera, pues la mÃa no lo será jamás. Respondo de que él tiene un millar de estas cartas con el blanco necesario para llenarlo con nombres diferentes: y éstas son de la segunda edición. Sin duda alguna las hará imprimir, pues no le importa lo que ponga en prensa, desde que querrÃa ponernos a nosotras dos. Por lo que a mà respecta, más me gustarÃa ser un gigante, una mujer Titán y tener sobre mà el monte Pelión. Verdaderamente que antes podrÃa encontrar veinte tortugas lascivas que un hombre casto.
Sra. FORD.—Pues por cierto que son las cartas en todo iguales. La misma escritura, las mismas palabras. ¿Qué ha pensado de nosotras este hombre?
Sra. PAGE.—No lo sé, en verdad. Tentada estoy casi de armar quimera a mi propia honradez. Seguramente me tendré yo misma en el concepto que tendrÃa de mi quien ignorase completamente lo que soy; pues a menos que haya descubierto él en mà algún lado débil que yo misma no conozco, jamás habrÃa podido tener la audacia de abordarme de semejante modo.
Sra. FORD.—¿Llamáis a esto abordaje? Pues ya lo he de poner yo suspendido sobre cubierta.