Las alegres comadres de Windsor

Las alegres comadres de Windsor

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Sra. PAGE.—Yo haré otro tanto. Venguémonos de él; démosle una cita; aparentemos alentarlo en sus galanteos; y con una demora gradual y suave, llevémosle hasta que empeñe sus caballos al posadero de la Liga.

Sra. FORD.—Mientras no sea empañando el lustre de nuestra honestidad, consiento en cualquiera bellaquería contra él. ¡Oh, si hubiese visto esta carta mi marido! ¡Habría sido un alimento eterno para sus celos!

Sra. PAGE.—Pues mírale ahí que viene; y mi buen esposo con él. Tan distante está de tener celos, como yo de darle causa para ellos; y esto, me atrevo a decirlo, es una distancia inconmensurable.

Sra. FORD.—De las dos, sois la más feliz.

Sra. PAGE.—Consultemos juntas acerca de ese gordo caballero. Venid conmigo.

Se retiran

Entran Ford, Pistol, Page y Nym

FORD.—Bueno: espero que no será así.

PISTOL.—Espero es en muchos negocios un perro sin cola, un carro sin ruedas. Sir Juan pretende a tu esposa.

FORD.—¡Pero, hombre!, ¡si mi esposa no es joven!

PISTOL.—Él hace la corte a la dama y a la fregona, a la rica y a la pobre, a la joven y a la vieja, una tras otra, o dos o más a la vez. Le gusta la variedad. Ponte en guardia, Ford.


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