Las alegres comadres de Windsor
Las alegres comadres de Windsor FORD.—¡Ama a mi mujer!
PISTOL.—Con un calor de quemarse. Toma tus precauciones, o te vas a encontrar de repente como aquel sir Acteón, que tenÃa al otro sobre los talones. ¡Oh, y qué nombre tan odioso!
FORD.—¿Qué epÃteto, si gustáis?
PISTOL.—El de cornudo, señor. ¡Adiós! Para mientes y abre el ojo, pues de noche es cuando los ladrones están en pie. Y no esperes hasta que llegue el verano y empiecen los cuclillos a repetir la cantinela. En marcha, señor cabo Nym. Créele, Page; te habla en razón.
Sale
FORD.—Tendré paciencia hasta descubrir lo que haya en esto.
NYM.—Y es la verdad. No gusto de mentiras. HÃzome agravio en algunos caprichos. Yo debÃa haber llevado aquella pÃcara carta a vuestra esposa; pero tengo una espada que me ayudará a satisfacer mi necesidad. Lo que hay en todo esto es que él ama a vuestra esposa; y lo digo y lo sostengo, como que mi nombre es Nym. Es la verdad, y Nym me llamo, y Falstaff anda enamorado de vuestra esposa. Adiós. No me antojo de venderme por pan y queso, y es toda la fantasÃa que hay en ello.
Sale Nym
PAGE.—«La fantasÃa que hay en ello», ha dicho. Vaya un mozo capaz de volver la fantasÃa en sandez.
FORD.—Buscaré a Falstaff.