Las alegres comadres de Windsor
Las alegres comadres de Windsor FORD.—¡Qué infernal pillo sibarita es éste! ¡El corazón me quiere estallar de impaciencia! Mi mujer le ha dado cita, queda fijada la hora, y el convenio está hecho. ¿Qué hombre lo habrÃa pensado? ¡Oh! ¡Qué infierno es tener una mujer falsa! ¡La deshonra para mi lecho, el robo para mi caudal, la burla y el escarnio para mi reputación! ¡Y no solamente he de recibir estos viles ultrajes, sino que he de sobrellevar los más abominables dictados de boca del mismo que me infama con los hechos! ¡Dictados! ¡Nombres! Satanás, Lucifer, Amaimón, todo eso suena bien, aunque sean dictados de demonios, nombres de desalmados. Pero ¡cornudo! ¡Complaciente cornudo! ¡Ni el diablo mismo se resigna a llevar semejante nombre! Page es un asno, asno de nacimiento. ConfÃa en su mujer y no es celoso. Antes confiarÃa yo mi manteca a un flamenco, mi queso al cura galés Hugh, mi botella de aguardiente a un irlandés, o mi caballo de más estima a un ladrón, que confiar a mi mujer a su propia guardia. Entonces urde, trama, intriga; y han de ejecutar lo que les viene a la mente: lo han de ejecutar, cueste lo que costare. ¡Gracias al cielo por mis celos! Las once es la hora. Evitaré esto, sorprenderé a mi mujer, me vengaré de Falstaff y me reiré de Page. Voy a atender a ello. Vale más que sea tres horas demasiado pronto que un minuto demasiado tarde. ¡Vaya!, ¡vaya!, ¡vaya! ¡Cornudo!… ¡cornudo!… ¡cornudo!…
Sale