Las alegres comadres de Windsor

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SLENDER.—¿Puedo hacer tercio en vuestro escudo, primo?

POCOFONDO.—Sin duda alguna, si os casáis.

EVANS.—Pues si entra en tercio, de seguro que no podrá hacer sino mal tercio.

POCOFONDO.—De ninguna manera.

EVANS.—Por nuestra señora, que si. Si él toma un tercio de vuestra casaca, no quedarán, en mi humilde juicio, sino los otros tercios para vos. Pero todo sale a lo mismo. Si el caballero Falstaff ha cometido algún desacato hacia vos, miembro soy de la iglesia y me emplearía de todo corazón en hacer mediar desagravios y avenimientos.

POCOFONDO.—No; la alta corte habrá de tomar noticia de esto. Hay rebelión.

EVANS.—No es propio que se le haga oír de tal asunto. En las rebeliones no hay temor de Dios y el Consejo preferirá oír hablar del temor de Dios más bien que de una rebelión. Considerad esto.

POCOFONDO.—¡Ah, por vida mía! Si fuese joven aún, esto acabaría a estocadas.

EVANS.—Más vale que sean los amigos y no la espada quien termine esto. Y además, tengo en la cabeza un proyecto que quizás tenga ventajosos resultados. Hay una Ana Page, hija del señor Jorge Page, que es una guapa doncella.


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