Las alegres comadres de Windsor
Las alegres comadres de Windsor Sra. FORD.—¡Oh simpático sir Juan!
FALSTAFF.—Señora Ford, no puedo lisonjear, no puedo charlar, señora Ford. Ahora mi deseo es pecaminoso: quisiera que estuviese muerto vuestro marido. En presencia del más encumbrado lord lo dirÃa: te harÃa mi esposa.
Sra. FORD.—¡Yo, esposa vuestra, sir Juan! Seria una muy pobre esposa para vos.
FALSTAFF.—¡No la hay igual en toda la corte de Francia! Veo cómo tu mirada rivaliza con el brillo del diamante; tienes en las cejas el arco armonioso que corresponde a un modelo veneciano ricamente adornado.
Sra. FORD.—Un modesto pañuelo es todo lo que puede venirles bien. Y aun eso, lo dudo.
FALSTAFF.—Es una traición lo que te haces hablando asÃ. HarÃas en todo rigor una excelente dama de corte; y tu paso firme y elástico, darÃa a tu talle la más seductora oscilación bajo los semicÃrculos de la crinolina. Bien veo lo que serÃas si no te fuera adversa la fortuna; pero la naturaleza te ha favorecido, y esto no puedes ocultarlo.
Sra. FORD.—Creedme, no tengo tales atractivos.