Las alegres comadres de Windsor

Las alegres comadres de Windsor

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FALSTAFF.—Déjame vaciar un poco de Jerez sobre esta agua del Támesis; porque tengo en el vientre un frío tal, que no parece sino que hubiese tomado píldoras de nieve. Hazla entrar.

BARDOLFO.—Entrad, mujer.

Entra la Sra. Aprisa

APRISA.—Con vuestro permiso: merced, os digo. Doy buenos días a vuestra señoría.

FALSTAFF.—Llévate estos vasos. Prepárame cuidadosamente un azumbre de Jerez.

BARDOLFO.—¿Con huevos, señor?

FALSTAFF.—No: solo. No quiero grasa de gallina en mi bebida. (Sale Bardolfo.) ¿Y bien?

APRISA.—Vengo a encontraros de parte de la señora Ford.

FALSTAFF.—¡La señora Ford! Harto de su nombre estoy. Con ese nombre me ha hecho bautizar en el río.

APRISA.—¡Qué desgracia! ¡Pero no fue culpa suya, pobre palomita! Así está furiosa contra sus criados porque equivocaron su dirección.

FALSTAFF.—Así como me equivoqué yo fundando esperanzas sobre la promesa de una mujer atolondrada.


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