Las alegres comadres de Windsor

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FALSTAFF.—Vais a ver, señor Brook, cuánto he padecido por inducir a esta mujer al mal para bien vuestro. Así acondicionado en el canasto, la señora Ford llamó a un par de los bribones criados de su marido para hacerme llevar a los lavaderos de la Ciénaga de Datchet. Tomáronme en hombros, y al salir se dieron en la puerta con el celoso bribón de su amo, quien les preguntó una o dos veces lo que llevaban en el cesto. Me tembló el cuerpo sólo de pensar que el bellaco lunático hubiese querido registrar; pero el destino, para que no pueda dejar de ser cornudo, le detuvo la mano. Bien: él se fue a registrar la casa, y yo me fui en calidad de ropa sucia. Pero atended a lo que siguió, señor Brook. He sufrido las torturas de tres muertes diversas. Primero: un terror indecible de ser descubierto por el apolillado carnero manso. Segundo: estar como hoja de Toledo enrollada con la punta junto a la guarnición, encerrado en la circunferencia de un celemín, con la cabeza entre los pies. Y luego ser embutido allí con pestíferas telas que fermentaban en su propia grasa. Pensad en esto: un hombre de mi temperamento, sensible al calor como la manteca: un hombre que está continuamente sudando y derritiéndose. Fue un milagro no morir asfixiado. Y en lo más fuerte de este baño, cuando estaba ya medio cocido en aceite, como guisado holandés, ser arrojado al Támesis, y enfriarse en esa marejada, pasando de repente del rojo cereza al ceniza oscuro, como herradura de caballo. Considerad esto considerad: un calor de ascua, ¡un calor de infierno!


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