Las alegres comadres de Windsor

Las alegres comadres de Windsor

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FORD.—¿Y qué tal os fue por allí?

FALSTAFF.—Muy desgraciadamente, señor Brook.

FORD.—¿Cómo así? ¿Acaso mudó de parecer?

FALSTAFF.—No, señor Brook; pero aquel descomunal cornudo de su marido, que vive en la eterna alarma del celoso, se aparece en el instante de más interés, cuando ya nos habíamos abrazado, besado y jurado, y hecho, en fin, el prólogo de nuestra comedia; y tras de él una caterva de sus compañeros, llamados y provocados por su mala índole, a fin de que registraran la casa en busca del amante de su esposa.

FORD.—¡Qué! ¿Mientras estabais allí?

FALSTAFF.—Mientras estaba allí.

FORD.—¿Y os buscó y no pudo encontraros?

FALSTAFF.—Vais a oírlo. Como si la buena suerte lo hubiera dispuesto, llega una señora Page: da aviso de la llegada de Ford; y gracias a su inventiva y a la desesperación de la señora Ford, me hicieron entrar en un canasto de ropa.

FORD.—¡En un canasto de ropa!

FALSTAFF.—Por Dios, en un canasto de ropa de lavado. Allí me sepultaron entre un montón de ropas sucias, camisas y enaguas, hediondas calcetas y medias, servilletas grasientas; de manera, señor Brook, que jamás nariz humana sintió semejante compuesto de pestilentes olores.

FORD.—¿Y cuánto tiempo permanecisteis allí?


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