Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces BEATRIZ.— ¡Ay! Nada suele ganar en ello. En nuestra última contienda, cuatro de sus cinco sentidos salieron malparados, y ahora no le queda más que uno para el gobierno de todo su ser. Asà que, si le resta ingenio bastante para mantenerse en calor, consérvelo, a fin de distinguirse de su caballo, por cuanto es el único atributo que le queda para pasar por una criatura racional. ¿Quién es ahora su compañero inseparable? Cada mes tiene uno nuevo, que jura ser hermano suyo.
MENSAJERO.— ¿Es posible?
BEATRIZ.— Y tan posible. Lleva sus fieles amistades a la moda de su sombrero. VarÃa siempre a tenor del último figurÃn.
MENSAJERO.— Noto, señora, que el caballero no está en vuestros libros.
BEATRIZ.— No; si lo estuviese, quemarÃa mi biblioteca. Pero decidme, os ruego, ¿quién es su Ãntimo? ¿No hay ahora ningún joven quimerista que quiera hacer con él un viaje a los infiernos?
MENSAJERO.— Las más veces se acompaña del muy noble Claudio.
BEATRIZ.— ¡Oh Dios! Se pegará a él como una epidemia. Se contagia con mayor celeridad que la peste; y el que la coge, inmediatamente se vuelve loco. Dios asista al noble Claudio. Si ha contraÃdo la enfermedad Benedicto, le costará por lo menos un millar de libras el verse curado.