Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces MENSAJERO.— ¡Quiero ser de vuestros amigos, señora!
BEATRIZ.— Sedlo, buen amigo.
LEONATO.— ¡Nunca perderéis el juicio, sobrina!
BEATRIZ.— No, mientras no haga calor en enero.
MENSAJERO.— Don Pedro se acerca.
Entran DON PEDRO, DON JUAN, CLAUDIO, BENEDICTO, BALTASARNIO y otros.
DON PEDRO.— Querido signior Leonato, salÃs al encuentro de vuestra incomodidad. La costumbre del mundo es evitar gastos, y vos vais en busca de ellos.
LEONATO.— Jamás entró en mi casa la incomodidad en figura de vuestra gracia, pues cuando la incomodidad se marcha, el bienestar se queda; pero cuando vos me abandonáis, la tristeza permanece y la ventura es la que nos da su adiós.
DON PEDRO.— Aceptáis vuestra carga demasiado gustosamente. Supongo que será ésta vuestra hija.
LEONATO.— Muchas veces me lo dijo asà su madre.
BENEDICTO.— ¿Lo dudabais, señor, cuando se lo preguntasteis?
LEONATO.— No, señor Benedicto, pues erais un niño entonces.