Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces DON PEDRO.— Volved por otra, Benedicto. De aquà conjeturamos lo que sois, siendo ya un hombre. En verdad, la hija no desmiente al padre. Sed feliz, señora, ya que os parecéis a un padre tan honrado.
BENEDICTO.— Si el signior Leonato es su padre, no quisiera ella por toda Mesina llevar su cabeza sobre sus hombros, por mucho que se le asemeje.
BEATRIZ.— Me asombra que sigáis hablando todavÃa, signior Benedicto. Nadie repara en vos.
BENEDICTO.— ¡Cómo! Mi querida señora Desdén, ¿vivÃs aún?
BEATRIZ.— ¿Es posible que muera el Desdén, cuando puede cebarse en tan buen pasto como el signior Benedicto? La propia galanterÃa se trocara en desdén si estuvierais vos en su presencia.
BENEDICTO.— Fuera entonces la galanterÃa una renegada. Pero lo cierto es que todas las damas se prendan de mÃ, exceptuada solamente vos; y quisiera hallar en mi corazón que mi corazón no fuera tan duro; porque, a la verdad, no amo a ninguna.
BEATRIZ.— ¡Qué incalculable dicha para las mujeres! De otra manera se verÃan importunadas por un pretendiente enojoso. Gracias a Dios y a mi temperamento frÃo, soy en eso del mismo parecer que vos. Prefiero oÃr a mi perro ladrar a un grajo que a un hombre jurar que me adora.