Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces BENEDICTO.— Dios mantenga siempre a vuestra señorÃa en esa disposición de ánimo. Asà se verá libre uno u otro caballero de los infalibles arañazos en la cara.
BEATRIZ.— Si fuese una cara como la vuestra no podrÃan afearla los arañazos.
BENEDICTO.— Bien, sois una extraordinaria adiestraloros.
BEATRIZ.— Más vale un ave con mi lengua que un animal con la vuestra.
BENEDICTO.— Asà marchase mi caballo con la rapidez de vuestra lengua y mantuviese tan bien el aliento. Pero seguid vuestro camino, en nombre de Dios; he terminado.
BEATRIZ.— Siempre acabáis con un par de coces. Os conozco de antiguo.
DON PEDRO.— He aquà el resumen de todo, Leonato: signior Claudio y vos, signior Benedicto, mi querido amigo Leonato nos invita a todos. Le he comunicado que nos quedaremos aquà un mes cuando menos y él desea cordialmente que algún acontecimiento prolongue nuestra estancia. Me atrevo a afirmar que no es hipócrita, sino que lo desea de corazón.
LEONATO.— Si lo jurarais, señor, no jurarÃais en falso. (A DON JUAN.) Permitidme que os dé la bienvenida, señor. Habiéndoos reconciliado con el prÃncipe vuestro hermano, os debo toda clase de atenciones.