Mucho ruido y pocas nueces

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DON JUAN.— Os lo agradezco. No soy hombre de muchas palabras, pero os lo agradezco.

LEONATO.— ¿Place a vuestra gracia pasar el primero?

DON PEDRO.— Vuestra mano, Leonato; pasaremos a la vez.

Salen todos, menos BENEDICTO y CLAUDIO.

CLAUDIO.— Benedicto, ¿has reparado en la hija del signior Leonato?

BENEDICTO.— No he reparado en ella, pero la he mirado.

CLAUDIO.— ¿No es una damita ingenua?

BENEDICTO.— ¿Me preguntáis, como hombre honrado, mi parecer franco y sencillo, o queréis que os responda según mi costumbre, como enemigo declarado de su sexo?

CLAUDIO.— No, te ruego que me contestes con juicio sensato.

BENEDICTO.— Pues, a fe, se me antoja demasiado bajita para un alto elogio, demasiado morena para un claro elogio y harto diminuta para un elogio grande. Sólo puedo hacer de ella la siguiente recomendación: que si fuera otra de la que es, sería fea, y que no siendo sino como es, no me gusta.

CLAUDIO.— Piensas que estoy de broma. Te suplico me digas con franqueza lo que te parece.


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