Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces ANTONIO.— En esto no difieren en nada los hombres de los niños.
LEONATO.— ¡Silencio, por favor! Quiero ser de carne y sangre. Porque todavÃa no se ha encontrado un filósofo capaz de soportar pacientemente un dolor de muelas, no obstante escribir bajo la inspiración de los dioses y burlarse del hado y del sufrimiento.
ANTONIO.— Sin embargo, no echéis sobre vos todo el peso de la desventura; que aquellos que os han ofendido sufran también.
LEONATO.— En eso hablas con razón. SÃ, he de pensarlo. Mi alma me dice que Hero ha sido calumniada, y lo sabrá Claudio, asà como el prÃncipe y todos aquellos que de tal modo la han deshonrado.
ANTONIO.— Aquà vienen el prÃncipe y Claudio a toda prisa.
DON PEDRO.— Buenos dÃas. Buenos dÃas.
CLAUDIO.— Buenos dÃas a ambos.
LEONATO.— OÃd, señores...
DON PEDRO.— Llevamos alguna prisa, Leonato.
LEONATO.— ¡Alguna prisa, señor! Bien; adiós, señor. ¿Tanta prisa ahora? Bien, ya nos veremos.
DON PEDRO.— Además, no busquéis querella con nosotros, buen anciano.
ANTONIO.— Si pudiera obtener satisfacción por una querella, alguno de nosotros morderÃa el polvo.
CLAUDIO.— ¿Quién le ha ofendido?