Mucho ruido y pocas nueces

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LEONATO.— ¡Tú, por mi fe, me has ofendido! ¡Tú, impostor! ¡Tú! ¡No, no eches mano a la espada! ¡No te temo!

CLAUDIO.— ¡Pardiez! Maldita sea mi mano, si diera a vuestra vejez motivo alguno de temor. Por mi fe, mi mano nada quiere con mi espada.

LEONATO.— ¡Quita, quita, hombre! No te mofes ni te burles de mí. No hablo como un viejo caduco o como un necio para jactarme, bajo el privilegio de la edad, de lo que hice cuando era joven o de lo que haría si no fuera viejo. Sabe, Claudio, y cara a cara te lo digo, que nos has ultrajado de tal manera a mi hija y a mí, que me veo obligado a dar de lado todo respeto y, a pesar de mis cabellos grises y de los achaques de mis muchos años, te reto a prueba varonil. Te digo que has calumniado a mi inocente hija. Tu injuria traspasó su corazón de parte a parte, y reposa enterrada con sus mayores. ¡Oh, en una tumba donde jamás durmió el oprobio, salvo este tuyo, urdido por tu infamia!

CLAUDIO.— ¿Mi infamia?

LEONATO.— ¡Tu infamia, Claudio; tu infamia, te repito!

DON PEDRO.— Os equivocáis, anciano.

LEONATO.— ¡Señor, señor! ¡Lo probaré en su cuerpo, si se atreve, a despecho de su esgrima certera y de su activa práctica, su juventud de mayo y la floración de su fuerza!


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