Mucho ruido y pocas nueces

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CLAUDIO.— ¡Dejadme! No quiero nada con vos.

LEONATO.— ¿Es posible que así me rehuyas? Tú mataste a mi hija; si me matas a mí, mancebo, habrás matado a un hombre.

ANTONIO.— Matará a nosotros dos, y a hombres en verdad. Mas la cuestión no es ésa. Que mate a uno primero. Que me venza y me despoje. Dejadle que conteste. Vamos, seguidme, muchacho; vamos, señor rapaz; vamos, acompañadme. Señor mancebo, a azotes repeleré vuestra esgrima. Sí; como soy caballero, que lo haré.

LEONATO.— Hermano...

ANTONIO.— Calmaos. Dios sabe lo que amaba a mi sobrina. ¡Y ha muerto, calumniada de muerte por villanos, que así se atreverán a hacer frente a un hombre como yo a asir a una serpiente por la lengua! ¡Mozuelos, micos, fanfarrones, moharrachos, maricas!

LEONATO.— ¡Hermano Antonio!...

ANTONIO.— Estad tranquilo. ¡Cómo, hombre! Los conozco bien. ¡Ya lo creo! Y sé lo que pesan hasta el último adarme: mocosuelos, baladrones, petimetres, que mienten, adulan, befan, desacreditan y calumnian, y con trazas de bufón afectan aires terribles y emplean una docena de términos de amenaza para explicar cómo herirían a sus adversarios, si se atrevieran. ¡Y eso es todo!

LEONATO.— Pero hermano Antonio...


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