Mucho ruido y pocas nueces

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ANTONIO.— Vamos, esto no os compete: no os mezcléis en ello. Corre de mi cuenta.

DON PEDRO.— Caballeros, no queremos excitar vuestro enojo. Mi corazón está desolado por la muerte de vuestra hija; pero, por mi honor, que de nada fue culpada que no estuviera cierta y verdaderamente probado.

LEONATO.— Señor, señor...

DON PEDRO.— No quiero oíros.

LEONATO.— ¿No? Vamos, hermano, fuera de aquí. ¡Quiero que se me oiga!

ANTONIO.— ¡Y se os oirá, o a alguno de vosotros ha de pesarle! (Salen LEONATO y ANTONIO.)

Entra BENEDICTO.

DON PEDRO.— Mirad, mirad. Aquí viene el hombre a quien buscábamos.

CLAUDIO.— Hola, signior, ¿qué hay de nuevo?

BENEDICTO.— Buenos días, señor.

DON PEDRO.— Bienvenido, señor. Por poco llegáis a tiempo para intervenir casi en una pendencia.

CLAUDIO.— Hemos estado a punto de que nos mascaran las narices dos viejos desdentados.

DON PEDRO.— Leonato y su hermano. ¿Qué te parece? De haber venido a las manos, no dudo de que hubiéramos sido demasiado jóvenes para ellos.

BENEDICTO.— A mala querella no hay valor verdadero. Venía en busca de los dos.


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