Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces DON PEDRO.— Voy a repetirte cómo elogió Beatriz tu ingenio el otro dÃa. Le dije que tenÃas mucha gracia. «Es verdad —dijo ella—, mucha gracia menuda». «No —dije yo—, una gracia enorme». «En efecto —prosiguió ella—, enorme de puro grosera». «No tal —continué yo—, es una gracia fina». «Justamente —replicó—, no hiere a nadie». «De ninguna manera —continué diciéndole—, es un caballero discreto». «Cierto —repuso—, un discreto caballero». «No es eso —exclamé—, posee muchas lenguas». «Sin duda —agregó—, pues me juró una cosa el lunes por la noche, que desmintió el martes por la mañana: ahà tenéis una lengua doble, ahà tenéis dos lenguas». Y asÃ, durante una hora se entretuvo en desfigurar tus peculiares virtudes. Menos mal que finalizó con un suspiro, asegurando que eras el hombre más perfecto de Italia.
CLAUDIO.— Con lo cual se echó a llorar de todo corazón y dijo que eso le tenÃa sin cuidado.
DON PEDRO.— SÃ, asà fue. Sin embargo, y a pesar de todo, si no le odiara mortalmente, le amarÃa con delirio. Todo nos lo contó la hija del viejo.
CLAUDIO.— Todo, todo; y, por otra parte, Dios le habÃa visto cuando se escondió en el jardÃn.
DON PEDRO.— Pero ¿cuándo colocaremos las astas del toro bravo en la frente del sensible Benedicto?
CLAUDIO.— Eso es, y con un letrero debajo, que diga: «¡Aquà vive Benedicto, el hombre casado!».